
Parte 1: Creciendo en Colombia
Grandes fiestas, cabello con permanente y la Coca-Cola dos litros. Recuerdo la manera como mi familia hacia fiestas. La casa de la tía Rosy era el lugar de reunión sin importar la ocasión. Ella tenía un patio con rosas y frutas, una enorme cocina con mesones de mármol, piso de madera y uno de los peores purés de calabaza que una niña de tres años podría comer. Recuerdo que pasé mucho tiempo en esa casa, pero nunca supe porque. Mamá estaba presente en los grandes eventos, pero había días en que la extrañaba muchísimo, especialmente cuando Rosy me forzaba a comer ese puré anaranjado que en Colombia se conoce como “poteca”. Debes comerlo, decía, “porque ayuda a desarrollar fuertes músculos”. Parecía puré de papas, pero no se acercaba ni un poco a su sabor. Quien se iba a imaginar que las calabazas que se originaron en Suramérica pronto serian adoptadas en América para convertirse en el símbolo del Halloween.
Quizás yo nunca pasé semanas enteras en la casa de Rosy, pero sentía como si lo hubiese hecho. Quizás fueron solo algunos días. Recuerdo que la hija de Rosy fue conmigo a escoger mi disfraz para un concurso en Halloween. Su hijo encontró un disfraz de conejito muy calientito y tierno, mientras que a mi me pusieron un ajustado disfraz de abeja hecho de “spandex” con un par de antenas en la cabeza pero sin alas. Entonces, entre “potecas” y abejas sin alas, Halloween parecía tener un mal sabor de color amarillo y anaranjado en mi boca. El disfraz de abeja me hizo sentir ridícula y el frío que tuve que soportar no lo he olvidado. Lo peor de todo, mamá no estaba allí para detener a la hija de la tía Rosy. “Te ves muy bien, vámonos” decía mi prima entre risas.
Viviendo en Bogotá, la capital de la nación, tuve otras aventuras, menos personales que usando spandex, pero mas abrasivas e impredecibles. Como pollitos siguiendo a la gallina, mi hermana y yo nos dejábamos guiar por nuestra mamá de un lugar a otro. Caminábamos tomadas de su mano mientras ella hacía diligencias.