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Una tarde, estábamos en el banco listas para salir, cuando de repente escuché una conmoción: policías con cascos, portando grandes escudos de plástico en una mano y bolillos de madera negra en la otra, gritaban y empujaban a un grupo de hombres. La muchedumbre enfrentada a la policía estaba compuesta por hombres cuyos rostros se escondían parcialmente detrás de unas pañoletas y que al parecer robaban ladrillos de una alta pared para lanzárselos a los miembros de la fuerza publica. Todos ellos parecían como compitiendo en un torneo.

Mamá no dijo ni una palabra. Ella me movió hacia atrás y sorprendidas observamos la situación a través de una puerta de vidrio. Resultó ser una protesta de estudiantes de la universidad cercana. Eso lo supe años después. Me hubiera gustado que alguien me hubiese dicho en ese momento que era lo que estaba sucediendo. Sentí mucho miedo. Recuerdo que apreté su mano muy fuerte.

Cuando tenía aproximadamente seis años dejamos Bogotá repentinamente. En búsqueda de un clima mas calido, nos mudamos a Bucaramanga, ciudad localizada cerca de la frontera con Venezuela. La salud de papá estaba decayendo y fue esta la razón por la cual mamá decidió empacar todas las cosas sin pensarlo dos veces. Podría asumirse que el alejarnos del resto de la familia sería como recibir malas noticias, pero la verdad es que por primera vez sentí que tenía un hogar real. Mi padre, alguien que había batallado cáncer de parótida por veintidós años, tuvo el valor de seguir con su vida diaria a pesar de la parálisis facial que le negó la posibilidad de parpadear su ojo izquierdo y le dio una aterradora sonrisa lateral. Para él, no era el fin del mundo, pero para el resto de la familia era el principio de un calido adiós.

Los primeros recuerdos de nuestra transición a Bucaramanga comenzaron la noche de mudanza. Este fue el único momento que recuerdo haber abrazado a papá. Nunca me atreví a acercarme a él. Quizás a esa edad tenía miedo de su apariencia, de su tos constante y del olor a “hombre viejo” que salía de detrás de sus orejas. Si, a la corta edad de seis años yo podía reconocer el olor de un hombre viejo y decadente. Pero este no era mi abuelo, era mi papá de sesenta y cinco años tratando de abrazarme.

Una vez establecidos en nuestro nuevo apartamento, mamá y papá decidieron tener habitaciones separadas. Yo compartiría mi habitación con Cata, una de mis cuatro hermanas. Las otras niñas Guzmán, mis hermanas, todavía vivían en la capital trabajando o finalizando sus estudios. Alejandra, la mayor, estaba casada y trabajaba como bacterióloga en un hospital. Alcira, o Ciri como la conocen en casa, acababa de graduarse de arquitectura y se encontraba de vacaciones en la Florida. Patty, la tercera de mis hermanas, se encontraba terminando sus estudios de leyes.

Con el transcurrir del tiempo, papá adopto la rutina de caminar alrededor del vecindario. De esta manera podía llenar sus pulmones con aire fresco y cálido, absorber un poco de vitamina D y estirar sus músculos. Era muy fácil identificarlo desde lejos, tan fácil, que yo podía esconderme muy rápido de su vista en el parque cercano. Por lo menos eso era lo que yo pensaba hasta el día en que sin pensarlo, hizo contacto visual conmigo mientras trataba de esconderme detrás de una estructura roja del parque. Nunca olvidaré ese momento, quizás el remordimiento más grande que he tenido hasta hoy. Mi padre, un hombre que fue elegido alcalde por cientos de personas, ahora estaba conciente de que su hija menor estaba negándole su papel de papá. Debido a su vergonzosa apariencia yo no quería ser asociada con él. Lo clasifiqué como un fracaso deforme. Yo nunca le di a mi padre, la oportunidad de decirme quien era él realmente detrás de todas esas arrugas y olores extraños. Años después, me di cuenta que mi reacción fue la única reacción natural para alguien de tan corta edad.

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